20/3/16

Rostros de la vanidad


Los prejuicios y las generalizaciones son injustos con la singularidad de las personas, cosas, temas, experiencias, etc. Las limitamos al ponerles etiquetas de acuerdo a lo que consideramos “digno de su género o naturaleza” (adecuado a lo que creemos que deberían de ser).
Creer que la valía de las mujeres reside en que nos guste leer, cierta música, el arte, la fodonguez, o lo que sea que se nos ocurra -tanto a hombres como a mujeres- me parece una reducción tan superficial como esos viejos estándares adjudicados a la condición femenina que tanto se han criticado.
Hay factores naturales y culturales que han determinado nuestra forma de entender a este sector, lo cual nos ha condicionado a ser -y esperar de ellas- determinadas cosas que no tienen por qué entenderse como necesarias (como si no pudieran ser de otra manera porque “así somos”). Creo que no hay por qué entender a las mujeres como lo contrario a los hombres, ni como un sector que encontrará su reafirmación -o su valía- en su afán de apropiarse de valores (formas de pensar y de proceder) que comúnmente se entienden como masculinos.
Según yo, lo más justo sería entender a hombres y mujeres como formas distintas de ser humano que están condicionadas por ciertos factores naturales y culturales. Estos últimos son susceptibles de modificación, así que tenemos una responsabilidad con las perspectivas que juegan en las valoraciones con las que nos entendemos, pues las ideas y expectativas que se desprenden de ellas se traducen en decisiones y acciones que, así como pueden ser puentes, pueden convertirse en cercos.
Creo que esa imagen muestra la fuerza de las ideas, y no me refiero al hecho de que la chica a enaltecer tenga un libro en las manos, sino a que, precisamente por las ideas que tenemos acerca de que el conocimiento es signo de valía humana, señalamos como “producción en serie” a las que se muestran de manera distinta. Creo que llenarnos de información no necesariamente tiene como consecuencia que le saquemos provecho a nuestra capacidad de pensar. Les molesta mucho eso de que nos justifiquemos ante el otro, pero esa reafirmación no se da sólo a partir de la imagen; pueden ser también los libros, en cuyo caso recuerdo eso de “mucha erudición, arte de plagiarios”.

Encontrarnos con una diversidad de horizontes (contenidos en libros, música, artes y demás) puede propiciar un pensamiento crítico, pero ¿quién dice que una chica que se preocupa por la manera con la que se presenta visualmente, no la ha encontrado de manera distinta? Y aunque no sea precisamente una genia, ¿quién dice que del hecho de que no se apegue al parámetro medidor de valía humana del que nos hemos hecho (el enaltecimiento del ejercicio de la capacidad de pensamiento), se sigue que no sea valiosa? Ultimadamente sólo nosotras podríamos ponernos un parámetro adecuado a nosotras mismas; y creo que eso aplica a toda forma de vida, tan singular como es cada una.
Aparte, como si los libros no pudieran leerse superficialmente. Muchos de los entramados de ideas publicados en libros fueron el motor de cosas terribles, tanto por malas interpretaciones como por ser usados como recurso de distribución de ciertas formas de entender y proceder que no estaban pensadas precisamente para procurar la vida, o cuyos autores creían que beneficiarían y resultó que nos perjudicaron. No estoy en contra de los libros pero creo que enaltecerlos o tomarlos como signo de valor me parece una generalización -precisamente- superficial. Muchos podrán verlos como signo de curiosidad o ansiedad de enriquecimiento pero, honestamente, no creo que haya un signo para eso, pues hay infinitas formas de saciarlas.

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Éste que ves, engaño colorido, que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores, es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores, triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado, es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada
- Sor Juana Inés de la Cruz -