19/4/14

No supe de mañana...


Nunca perdí la noción del tiempo-espacio como en ese.. ¿momento?… en el encuentro de algunas de las tantas formas que nos constituyen y expresan. 
Nunca resultó tan prescindible la palabra. Bastó el sentido, sobró la significación; éramos tres jugando a poder “decir”, experimentando con una de las formas predilectas de la destrucción, abandonando la suposición, explotando cualquier analogía porque antes no se vivió nosotros. 
Se me olvidó “mi” nombre y el “tuyo”, me di “en relación a…”. Si me digo un tercio no hablo más que nosotros, que ese momento, que esos días, y eso si tengo intenciones de usar referentes para hablar. Si no hablo tanto como nosotros, ¿porqué o para qué lo hago?, no sé. Lo hice hasta ahora porque no apareció antes esta intención, pues a falta de necesidad sólo queda darme el lujo de hacerlo. 
¿Qué habrán sentido o pensado los tercios que me bautizaron? No lo sé, quizá los sentí... O quizá ese “sentir” y “pensar” de mi pregunta no resultan adecuados, pero a fin de cuentas no es algo que “les” quiera preguntar.

Tengo uno que otro deseo y expectativa que deambulan de la mano del preciado e injusto -por insuficiente- recuerdo de esos sintetizados momentos, pero no conviene abrazarme demasiado de ellos a menos que sea para justificar ese desborde que nos robamos. 
Me desvistes no rompiéndome de golpe y me abrigas con una nueva piel que no niega a la que le dio a luz, y que te reconoce.. ¿Nos hemos vivido ya? ¿Nos dimos muerte antes? ¿Qué bendito destino o coincidencia nos encontró? No es por las razones por las que quiero preguntar, sino por ti. Tenías que ser tú.. No, no tenías ni tienes, pero no se me ocurre explicación para tanto, igual que con todo (como a todos); la cuestión "aquí" es q tu constancia es mi pregunta favorita. 


No sé de dependencia, sé de deseo, de amor. Nos deseo juntos, amándonos, violentándonos, pervirtiéndonos, desapareciendo y apareciendo; torturando a los que nos creen y a los que no, a las aves y a las serpientes. Olvidándonos y recordándonos. Leyéndonos. Hablando, escuchando, viendo, pensando, creyendo y diciendo. Desnudándonos, vistiéndonos. Cantando y bailando... soñando, viviendo. Mi vida no depende de ti, pero quisiera engraciarte como tú a ella.
Sólo le pido a Dios que no muera, no ahora que nos hemos encontrado. Pero no me atrevo a hablarle de tu muerte, esa es suya (asunto -quizá- entre él y tú). De lo que sí le hablo es de tu vida, de cuán hermoso me parece que ha sido cada accidente y motivo que dio lugar a todo lo que te he visto ser. Y le pido justicia, para que te enamores de las posibilidades como yo lo hago cada vez que te conozco. Pero ¿qué tengo yo que pedir o esperar, si ya te amo así? Nada, nada más. Escribir esto, poder hablar así de la verdad... nada más. 



Dormiré temprano, así mañana será antes, y finalmente seremos como no pudimos ayer, hoy o cualquier otro día... Estábamos tan ocupados pudiéndonos todo, haciendo de nosotros los amantes que se encontrarán mañana -ya hoy- como cada uno de esos en los q nos encontramos en el espejo...¿quién me conducirás a ser?, ¿cómo amaré al que te vea ser, si me ocupa el que sé de ti?, ¿quién se presentará ante tus ojos y a quién responderán los míos?
Dormiré ya, perdiéndome en estas manos, estos ojos... en la música, en las letras, en las películas, en los fantasmas... descansaré como cada vez que respiro toda implicación tuya, vida de mis sueños, sueño de mi vida. 


¿Importa que el miedo no haya hecho una declaración que nos amenace más de lo que nos comprometemos al amarnos? Apostamos cada vida y cada muerte que nos ha constituido y, sin embargo, persiste nuestra mirada en el otro, en los otros en los que vivimos. 
Mi mirada, violentada, acude con desesperación a la tuya, a ver si aprende de una vez a decir de quién es, si tuya o mía... pero siempre se topa con que es nuestra, y entonces vive y muere (de) con nosotros.
Me haces sentir tan amada... que en tus ojos cabe el mundo y en tu boca los besos que nos dimos y quedamos a deber... pero qué nos debemos si no hemos escatimado en presentes.


Se me viene encima el mundo y me vengo encima yo, las que fui sin ti, que te extrañaron; esas extrañas que me desconocen pero te reconocen casi como si supieran que te soy, que les he abandonado por ti, a causa tuya. Pero ¿a quién odiarían si no fui, si no me esperaban aunque sí te estaban esperando a ti? Ya te amaban como si, por la sola razón de participar de la vida, supieran tanto de ti como ella; pero yo no sé nada. Esta que soy te es, se dedica a tu mirada ya sea que te busque o te aguarde, que te encuentre o la encuentres, porque ni siquiera espera encontrarnos, contagiarnos del mismo mal de estar aquí. 

¿Qué sabría yo del mundo o de mí si no dependiera del enigma de ti? Sigue desapareciendo, para no desaparecer yo. No me espero ni tampoco permanezco, sólo me aguarda mi nombre y esta carne cuya accidentalidad se identifica con la tuya, con esa de la que sabemos pero esperamos. ¿Me esperas? dime algo de mí, que yo no tengo tu mirada y no sé llamarme. Quizá me he equivocado de lenguaje y tenga fe en el tuyo. No me importo, sólo habla; préstale tu nombre a la significación para que esta persistencia me deje ser, para creerme partícipe de esta ensoñación.

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Éste que ves, engaño colorido, que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores, es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores, triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado, es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada
- Sor Juana Inés de la Cruz -